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Chapter 1

1 Estas son las palabras del libro que escribió Baruc, hijo de Nerías, hijo de Maasías, hijo de Sedecías, hijo de Sedeí, hijo de Helcías, en Babilonia.

2 1el año quinto, el día siete del mes, en el tiempo que los caldeos se apoderaron de Jerusalén y la incendiaron.

  1. 2. El año quinto de la destrucción de Jerusalén corresponde al año 582 antes de Cristo.

Baruc y los desterrados

3 1Y leyó Baruc las palabras de este libro en presencia de Jeconías, hijo de Joakim, rey de Judá, y delante de todo el pueblo que había venido a oír la lectura del libro,

  1. 3. El rey Jeconías (Joaquín) fue llevado a Babilonia en 597, diez años antes de la caída de Jerusalén. Véase IV Reyes 24, 8 ss. Cf. nota introductoria.

4 y delante de los magnates e hijos de los reyes, y delante de los ancianos, y delante del pueblo desde el más pequeño hasta el más grande de todos cuantos habitaban en Babilonia, junto al río Sodí;

5 1los cuales oyéndolo lloraban y ayunaban, y oraban ante el Señor.

  1. 5. Lloraban, etc. Nótese el fruto espiritual de la Palabra de Dios leída en público. Véase Jeremías 36, 5 ss. y nota. Cf. el decreto del Concilio Tridentino sobre la enseñanza y predicación de la Sagrada Escritura (Sesión V del 17 de junio de 1546), y el canon 400 del Código Canónico sobre la explicación de la Sagrada Escritura en las Catedrales.

6 Hicieron una colecta de dinero, según la posibilidad de cada uno;

7 y lo remitieron a Jerusalén, a Joakim, hijo de Helcías, hijo de Salom, sacerdote, y a los sacerdotes, y a todo el pueblo que se hallaba con él en Jerusalén.

8 Baruc recobró también los vasos de la Casa del Señor, los robados del Templo, para volverlos al país de Judá, el día diez del mes de Siván: los vasos de plata que había hecho Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá.

9 Pero Nabucodonosor, rey de Babilonia, había deportado de Jerusalén a Jeconías, a los príncipes, a todos los magnates y al pueblo del país llevándolos cautivos a Babilonia.

Carta de los desterrados a los judíos de Jerusalén

10 1Y dijeron: “He aquí que os enviamos dinero; comprad con él holocaustos y sacrificios expiatorios e incienso, y haced ofrendas, y ofrecedlo todo sobre el altar del Señor, Dios nuestro.

  1. 10. Sobre el altar del Señor, es decir, en el lugar donde antes estaba el altar de los holocaustos y donde seguían ofreciendo sacrificios, como se ve en Jeremías 41, 5 y Esdras 2, 68.

11 1Y rogad por la vida de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por la vida de Baltasar su hijo, a fin de que los días de ellos sobre la tierra sean como los del cielo,

  1. 11. ¡Qué ejemplo tan heroico de amor a los enemigos! Ruega por los reyes perseguidores y es súbdito leal de ellos. Del mismo modo reconoce San Pablo la autoridad de Nerón (Romanos 13, 1 ss.) y manda rogar especialmente por las autoridades “porque esto es bueno y agradable a Dios” (I Timoteo 2, 1-3). Cf. 2, 21. Baltasar, su hijo: quiere decir, su sucesor mediato.

12 y el Señor nos conceda fortaleza, y nos haga ver la luz, para que vivamos bajo la sombra de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y bajo la sombra de su hijo Baltasar, y les sirvamos a ellos por largo tiempo y seamos gratos a sus ojos.

13 Rogad también por nosotros mismos al Señor, Dios nuestro; porque hemos pecado contra el Señor, Dios nuestro, y no se ha apartado su ira de sobre nosotros hasta el día presente.

14 Y leed este libro que os enviamos, dándole lectura en el Templo del Señor, en un día de fiesta o en un día oportuno.”

Confesión de los pecados

15 1Así diréis: “Del Señor, Dios nuestro, es la justicia, mas de nosotros, la confusión de nuestros rostros, como está sucediendo en este día a todo Judá y a los moradores de Jerusalén,

  1. 15. Esta oración de Baruc tiene mucha semejanza con la de Daniel (Daniel 9, 7 ss.). Del Señor es la justicia: Cf. 2, 6. La destrucción de Jerusalén y el cautiverio fueron la consecuencia de sus pecados propios (v. 17) y de las prevaricaciones de sus padres (v. 19). No olvidemos el “Mea culpa” en tiempos de calamidad general. Véase la nota sobre la contrición colectiva en Lamentaciones 3, 42.

16 a nuestros reyes y nuestros príncipes, a nuestros sacerdotes y nuestros profetas, y a nuestros padres.

17 Hemos pecado en presencia del Señor, Dios nuestro y no le creímos, desconfiando de Él.

18 No le estuvimos sumisos, ni quisimos escuchar la voz del Señor, Dios nuestro, para proceder conforme a los mandamientos que Él nos había dado.

19 Desde aquel día en que el Señor sacó de la tierra de Egipto a nuestros padres hasta el día de hoy, hemos sido rebeldes al Señor, Dios nuestro, y nos apartamos lejos para no oír su voz.

20 1Por lo cual se pegaron a nosotros muchos desastres, y las maldiciones —intimadas por el Señor a su siervo Moisés el día en que sacó de la tierra de Egipto a nuestros padres para darnos una tierra que mana leche y miel—, como aparece en este día.

  1. 20. Véase Levítico 26, 14 ss.; Deuteronomio 28, 15; Lamentaciones 2, 17.

21 No quisimos escuchar la voz del Señor, Dios nuestro, conforme a todo lo que decían los profetas que Él envió a nosotros;

22 y cada uno de nosotros nos fuimos tras las inclinaciones de nuestro perverso corazón, para servir a dioses ajenos, obrando el mal delante de los ojos del Señor, Dios nuestro.